C.M.T.
Carmelitas Misioneras Teresianas

Somos Carmelitas Misioneras Teresianas, nacimos en 1860 – 1861, como fruto de la experiencia mística de la Iglesia,del Padre Francisco Palau y Quer. OCD, fundador de
nuestra familia religiosa.

El Carmelo Misionero Teresiano es fruto de las relaciones místicas entre Francisco Palau y la Iglesia, experimentada como persona, en la que Cristo es la Cabeza y toda la humanidad el Cuerpo. Al concebirnos, nuestro Fundador nos comunica la gracia vocacional que nos identifica: pasión por Dios y pasión por la humanidad que nos lleva a anunciar la belleza de la Iglesia misterio de comunión y a comprometernos en el servicio al ser humano. Por tanto, TESTIMONIAMOS a través de nuestra vida el amor a Cristo y a los prójimos contemplándolos en unidad.

  • Contemplamos a Cristo y a los hombres, como Cuerpo Místico: “Iglesia” que se mira en María como modelo y tipo perfecto.
  • Hacemos visible la belleza de la Iglesia, Misterio de Comunión, viviendo en “uniones de fraternidad”.
  • Servimos a la Iglesia en sus miembros más necesitados y permanecemos atentas para responder a sus urgencias.

Nuestras raíces nos entroncan con el profetismo de Elías y recibimos como herencia el espíritu contemplativo y misionero de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.

Lugares Palautianos
C.M.T.
Estilo de vida
ORANTES

Somos Mujeres orantes; nuestra contemplación está poblada de todos los rostros sufrientes de la humanidad y estos nos impulsan a su encuentro.


FRATERNAS

Vivimos en uniones de fraternidad, de puertas abiertas, sencillas y acogedoras. Tenemos como misión y tarea irrenunciable, vivir y testimoniar la alegría de la unidad en la diversidad.


MISIONERAS

De la mirada contemplativa al corazón de cada ser humano y a la realidad histórica, surge nuestro compromiso misionero. Nuestro aporte peculiar la construcción del Reino consiste en el anuncio de la belleza profunda de cada persona creada a imagen y semejanza de Dios; para nosotras, imagen viva de la Iglesia y objeto de nuestro amor y servicio.


C.M.T.
Raices

Juan de la Cruz

Los2

Teresa de Jesús

Francisco Palau y Quer
palauvideo

PADRE FRANCISCO PALAU Y QUER EN FAMILIA

El 29 de diciembre de 1811, en una modesta familia de la villa leridana de Aytona, nace el niño Francisco Palau y Quer.
No faltan las privaciones; pero abunda el cariño familiar que, junto con unas acendradas virtudes cristianas, forjan tempranamente el espíritu del pequeño.
ESTUDIANTE

Crece en edad y le llega también la hora de hacerlo en saber. Inicia sus estudios y muy pronto llama la atención de su maestro. Este asegura a sus padres que debe seguir estudios superiores.
Los suyos le necesitan; pero la generosidad de todos se impone y allá va Francisco, lejos del hogar, buscando en las letras fuerza que le ayude.
SEMINARISTA

Los ideales que un día se sembraron en este corazón joven, buscan un clima, un ambiente donde desarrollarse plenamente. Animado por su hermana Rosa, Francisco encamina sus pasos hacia el Seminario de Lérida.
Pero este salto se le hace demasiado corto. Busca una entrega más definitiva. Intuye un camino más arduo…
CARMELITA

Ahora no es su hermana.
Ahora es María quien lo guía y a ella se consagra dentro de la Orden del Carmen.
Pronto, muy pronto, tuvo oportunidad de demostrar la firmeza y convicción de su vocación religiosa.
La revolución de 1835 asoló conventos y condenó a sus moradores al sufrimiento, al destierro y, en muchísimos casos, a la muerte.

“No obstante, afirma rotundo el joven carmelita, me comprometí con votos solem¬nes a un estado en el cual creí poder practicar su Regla hasta la muerte, independientemente de todo humano acontecimiento.
Porque, para vivir en el Carmelo, sólo se necesita una cosa…
¡Vocación!”.
SOLITARIO

También el P. Palau es desterrado.
Y como todos los grandes profetas y apóstoles que en el mundo han sido, la providencia lo lleva al… desierto.
De la paz de su convento barcelonés lo sacan a la cárcel donde se ve obligado a mendigar un poco de ropa con que vestirse.
Luego saldrá y buscará refugio y soledad en las grutas de Aytona, Montdesir (Francia), Montsant, de nuevo en Cataluña, y El Vedrá, en Ibiza.
Allí, enterrado en las entrañas de estas cuevas, el fuego de su corazón, lejos de apagarse, se purifica. La oración solitaria le brindará la imprescindible “experiencia de Dios” para lanzarse luego a la predicación y a la actividad apostólica.
PREDICADOR

El mandato divino de ID Y PREDICAD martillea incesante en la mente y corazón del P. Francisco Palau. El amor no puede quedar estático dentro de él.
Y lo impulsa a predicar.
A dar a conocer a Cristo y a su Iglesia.
Su voz retumba por todos los caminos. Habla a todos cuantos quieran escucharle.
Su figura recuerda la de aquel Juan Bautista que preparaba también caminos al Señor.
CATEQUISTA

A partir de ahora, la vocación del P. Francisco Palau quedará abrazada por completo entre los signos de un misterioso paréntesis:

La contemplación en la soledad y su entrega a los trabajos apostólicos.
Entre los años 1851 y 1854 organizó una célebre MISIÓN en la ciudad de Barcelona.
La predicación es su instrumento preferido de apostolado. Organizada y sistemática, recibe de él el nombre de ESCUELA DE LA VIRTUD, y viene a ser una auténtica catequesis para adultos.
Un tema le obsesiona y acerca de él predica con machacona insistencia: La IGLESIA.

“Mi misión, confiesa, se reduce a anunciar a los pueblos que tú eres infinitamente bella y amable, a predicarles que te amen; amor de Dios y amor a los prójimos”.
APÓSTOL MARIANO

La espiritualidad del P. Palau, está ciertamente marcada por dos características inconfundibles: La ya citada del misterio eclesial y la del MISTERIO MARIANO.
Quien siga sus huellas, lo deberá hacer amando a MARÍA y amando a la IGLESIA.
“María Virgen, dice, es el único tipo, la única figura que en el cielo representa con más perfección a la Iglesia Santa”.
ESCRITOR

No. Su pluma no está cortada para hacer literatura. Es tan sólo la pluma de un apóstol, que no pudiendo silenciar ese mensaje que lleva dentro, escribe.
Así surgieron sus obras:

— Lucha del Alma con Dios.

— La vida solitaria.

— Catecismo de las Virtudes.

— La escuela de la Virtud Vindicada.

— La Iglesia de Dios.

— Mis relaciones.

— Mes de María.

Leyes y numerosas Cartas…

 

Y EN 1860: FUNDADOR…

En efecto, este mismo año funda nuestra… CONGREGACIÓN DE CARMELITAS MISIONERAS TERESIANAS
El Padre vio esta empresa como el objetivo claro y definitivo de su vocación carmelitana.
“Lo he encomendado muchísimo a Dios –dice- y, estudiados ciertos incidentes de mi vocación a la Orden de Santa Teresa, creo me llamó a su Orden para esta Obra…”

Teresa Mira García
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Pinceladas y mensajes de una vida

Teresa Mira García

 

 

EN ALGUEÑA

La Hermana TERESA MIRA GARCÍA DEL NIÑO JESÜS DE PRAGA, Carmelita Misionera Teresiana, nació en Algueña, pueblecito serrano de la provincia de Alicante, a 22 km. de la ciudad de Novelda, el 26 de setiembre de 1895.

Fueron .sus padres José-Queremón y Teresa. El 28 del mismo mes fue bautizada en la iglesia de San José de su pueblo.

Hogar cristiano. De posición modesta. El ma­trimonio poseía algún v pedazo de tierra y casa propia en la calle de Santa Lucía, n.° 1. Fruto de este matrimonio fueron nueve hijos, dos de los cuales todavía viven.

Pronto las dificultades económicas de la comar­ca empobrecieron el hogar, y la familia optó por colocar a Pepe y a Teresa, los dos hijos mayores. A Teresa le tocó estar en casa de doña María Cerda para cuidar de los niños.

 

Primera comunión

En casa de la piadosa doña María, aprendió Teresa el catecismo. Durante una gran misión dada en el pueblo, cumplidos los once años, hizo su primera comunión junto con su hermano Pepe. Este día vistió un traje con encajes, un velo de tul y una corona de flores blancas, como era costumbre entonces.

Aquí comenzó a tomar voluntad a la oración, al rezo del santo rosario y a oír misa todos los días, siguiendo el ejemplo de su señora. Cuentan que, de vez en cuando, en horas libres, tomaba una estampita y se retiraba al pajar. Allí en com­pleta soledad se recogía en oración. Aquí tuvo el primer pensamiento de consagrarse a Dios. Aque­llos pocos años en casa de la señora «Marieta», llamada así en el pueblo, fueron apacibles, orde­nados, piadosos. Teresa, según confesaba una amiga suya, ya octogenaria, no era joven callejera.

Un día, cuando Teresa había cumplido los tre­ce años, la familia tuvo que ausentarse definiti­vamente de Algueña y la madre quiso llevarse a la hija.

 

En Horna la Baja

No poco le costó a Teresa dejar la casa de la señora «Marieta». El padre había encontrado trabajo en Horna la Baja, caserío más cercano a Novelda, donde vivía una hermana.

En Horna la Baja, tierra de vides y olivos, Teresa cuida de sus hermanos especialmente de Rosendo, niño enfermizo que no puede valerse por sí solo, y hace las faenas de casa. En ratos libres teje encajes con bolillos de caoba, trabajo practicado en la comarca del Vinalopó. La vida se desliza sencilla y campestre. No hay escuela ni iglesia. La gente va a Novelda a misa y a las compras.

También aquí, en Homa la Baja, se hace la vida insostenible. La pobreza aprieta como un dogal en casa de Teresa. Son muchos a comer. Hay necesidad de nuevo jornal.

La ocasión se presenta. Un día viene al caserío una señora de Alcaná en busca de la madre. Que­ría una muchacha para el cuidado de los niños y de un anciano paralítico. Teresa acepta gustosa. El caserío de Alcaná se halla sólo a 7 km. de No-velda. Tiene 128 habitantes y 32 edificios. Casas de campo, de muros torrados, de mazacote viejo.

La casa, donde entra Teresa a trabajar, es una tienda de comestibles que también recoge los encajes de los contornos para vender a los comer­ciantes de la capital.

Teresa se va a encargar de los niños y de la limpieza de la casa, además de cuidar al anciano paralítico.

El matrimonio anda desavenido. Teresa trata de reconciliarlo y lo consigue. Al anciano lo cui­da como a un niño: le administra la comida a cucharaditas, animándole con sonrisas y palabras amables. La dueña, encantada, propone a la ma­dre adoptar a Teresa como hija, pero la madre se rebela, considerándolo un disparate.

Pero Teresa sufre y pasa hambre. Hay días que sólo se alimenta con un huevo. La gente se da cuenta y murmura de la dueña. De Teresa no sale una palabra de queja.

 

¿Novio?

Le sale un novio. Un buen mozo. Se llama Vicente. Unos cuantos domingos se les ve juntos en las reuniones. Teresa es muy agradable y dul­ce, y alterna también con la gente preocupándose por cada uno. Vicente tenía a sus padres ene­mistados, desavenidos y, aparte del cariño que comienza a sentir por ella, ve en Teresa una so­lución para su problema. Teresa resuelve pronto la situación. Los padres del chico quedan en paz y los protagonistas, Vicente y Teresa, desem­bocan en una santa y pura amistad. Y es por­que ella siente serios impulsos hacia la vida reli­giosa.

Tres años han pasado entre Horna la Baja y Alcaná, cuando la necesidad obliga a la familia a un nuevo traslado en busca de mejor situación. Teresa ha cumplido los 17 años. Todos se tras­ladan a Novelda. Otra vez el carro cargado de enseres viejos por la carretera de La Romana. En Horna la Baja ha muerto un hijo muy peque-ñín. También ha nacido Carmen, la que se quedó en casa con sus padres cuando Teresa y Magda­lena abandonaron la familia para ser religiosas Carmelitas.

 

En Novelda

Ya están en Novelda; la ciudad de la uva y del mármol. En su derredor se levantan fábricas. En aquel tiempo contaba con unos 7.600 habitantes. La zona antigua giraba alrededor de la iglesia de San Pedro y de la Plaza Mayor. Calles cortas, zigzagueantes, que se cierran unas a otras.

La divina Providencia va conduciendo a Teresa. Ahora la trae a Novelda. Pronto entra a servir a dos señoras mayores, hermanas entre sí, en la Plaza de Santa Cruz. Son doña Pascuala y doña Leonor Alted: la primera viuda, y la otra soltera, procedentes de Madrid y de linaje distinguido. Tres años estará con ellas; desde 1912 hasta abril de 1915 fecha en que entrará religiosa Car­melita.

Las señoras son muy metódicas y muy piado­sas. Tienen oratorio en casa, rezan todos los días el santo rosario. Madrugando un poco, Teresa puede oír misa a diario en la iglesia de San Pedro que la celebran a las cinco de la mañana. Va orde­nando su vida espiritual y escoge como confesor a don José Luis Abad.

Le gusta rezar en un devocionario de la Virgen del Carmen que le han regalado, posiblemente, en el colegio de las Carmelitas.

La faena que tiene que desempeñar es el tra­bajo normal de una casa acomodada: limpieza, compras y cocina. Todo resulta fácil para ella, acostumbrada a trabajos más pesados. Como es lógico también tiene que acostumbrarse a formas y modales propios de una casa señorial, que Te­resa asimila muy bien y acompaña, con sus mo­dales sencillos, a esta familia rica y noble.

En la estación veraniega arrecia el trabajo. Se acumula especialmente en la cocina por los mu­chos huéspedes. A la sombra del bienestar de las tías, todos los veranos viene a Novelda una so­brina de las señoras Alted, Luisa, un tanto enfer­miza, que Teresa atiende con cariño; la compren­de, sabe interpretarla y aliviar sus achaques.

Teresa es admirable, todo lo soporta; pero qui­zá por el trabajo fuerte, junto al sufrimiento moral la hace enfermar. Al enterarse la madre, se la lleva consigo, decidida a que no vuelva a casa de las señoras Alted.

 

Confirmación

Cuando Teresa cuenta 17 años, fue confirmada en la iglesia de San Pedro de Novelda. Era el 19 de noviembre de 1912. Le administra el sacra­mento Monseñor Francisco Simó, obispo de Co­lombia, misionero capuchino natural de Orihuela.

En esta época prende en su alma la llama de una gran devoción al Niño Jesús de Praga que marcará toda su vida. Para ella no es una devo­ción sensiblera o superficial, sino muy centrada en el misterio de Cristo. En ella aprende la sen­cillez y la confianza en la oración. Al Niño Jesús confía el asunto de su vocación a la vida religiosa. Más tarde se llamará «Teresa del Niño Jesús de Praga».

Solía decirle al Niño Jesús: «Mira, tú te can­sarás de oírme, pero yo no me cansaré de hacerte novenas para que me arregles los asuntos y me allanes las dificultades para que pueda entrar pronto en el Carmelo».

Ella conoce el Carmelo por medio de las Car­melitas del colegio de Novelda. No queda lejos de la casa Alted. Le gusta visitar los domingos la capilla de las Hermanas y rezar a la Virgen del Carmen. Luego pasa al colegio y, si puede, conversa con la Hermana Teresa de los Sagra­dos Corazones de cosas espirituales.

Llega a oídos de la madre, comentarios sobre lo que algunas amigas califican de «beaterías». Todos los días, le cuentan, está metida en la iglesia, y los domingos solamente quiere visitar el colegio de las Hermanas. ¿No pensará hacerse monja?

La madre se alarma. Ella necesita a su hija: es la mayor, y sus hermanos son todavía peque­ños. La situación familiar tampoco está clara. La señora Teresa llega a obsesionarse y decide hablar claro con su hija. Lo hace entre sollozos. Su hija, con la serenidad que en todo momento la caracteriza, la escucha y seguidamente le ase­gura que nunca marchará sin su permiso. No obs­tante, se atreve a decirle que siente deseos de ser religiosa. ¡Madre! — dice — esté tranquila. Mien­tras el Señor no disponga otra cosa, yo seguiré ayudándola en todo y le entregaré cuanto gane. Y si un día el Señor mueve el corazón de alguna persona piadosa a regalarme la dote, entonces también espero que ustedes puedan desprenderse de su hija, en honor suyo.

La madre pasa un mes sin ver a la hija. Tiene que ir Teresa a visitarla y consolarla. Lo que es más doloroso a nuestra Teresa es la conducta de ciertas amigas que suelen llevar chismes a los padres. Hasta le viene al pensamiento de ausen­tarse de Novelda para irse con doña Lola Mazeres a servirla en su casa de Madrid. El amor a sus ancianas tías la detiene.

 

Maestra de oración

Teresa se preocupa de una manera especial de su hermana Magdalena, que tiene cinco años me­nos que ella. Le insiste que frecuente la iglesia, que sea piadosa; pero ella se muestra un tanto reacia. «Vas tú — le contesta — y a mí me dejas en paz. Además, no tengo mantilla». Teresa que­da mirándola y le replica con suavidad subyu­gante: «No te apures; tú te pones la mía y yo me pondré la de la señorita». Magdalena queda con­vencida.

A grandes pasos va adelantando en la oración, prolonga sus visitas al Sagrario, intensifica las súplicas a la Virgen y al Niño Jesús. En cierta ocasión la sorprende su hermana a solas. Estaba a oscuras en la alcoba:

— ¿Qué haces ahí sola y a oscuras?

— Estoy haciendo meditación.

— Enséñame. A mí me parece una cosa muy difícil.

— Anda, tontica —con cariño — no cuesta na­da. Te retiras a un sitio sola y te pones en pre­sencia de Dios. Lo que interesa es que te halles en presencia de Dios, sin que nada de este mun­do te distraiga. Háblable al Señor de lo que quie­ras y pídele según tu gusto.

Teresa, a la oración une el sacrificio. Con fre­cuencia suele dormir en el suelo por ceder a otros su cama. Todo lo hace con sencillez, sin darle im­portancia.

Para entrar religiosa y poder ser más útil, aprende a escribir: va al colegio para que le en­señen las Hermanas, y a fin de adelantar más, se deja enseñar de un sobrino de las señoras; un niño de doce años, Luisito, le hace repasar las lecciones. Los ratos libres, Teresa, sentada en la escalera de la casa, y a la luz de la ventana, estu­dia la lección. Luisito, al salir del colegio, acude presuroso donde está Teresa y repasan juntos la lección. Aquello es una deliciosa escena. Luisito toma enorme interés por el progreso de la discípula.

Teresa ha cumplido sus 19 años. Su vocación religiosa está ya madura. Pide el permiso a sus padres para ingresar como Carmelita. El padre enternecido le concede el permiso correspon­diente.

 

 

TERESA CARMELITA

 

El día 5 de abril de 1915, a las diez de la noche, Teresa se encuentra en la estación de Novelda esperando el tren que la llevará a Tarragona para ingresar en el Noviciado de las Carmelitas Mi­sioneras Teresianas, hijas del P. Francisco Palau, c. d. La acompaña toda la familia en el des­pido; pero hasta Tarragona va con un pariente de una Hermana que no la deja hasta llegar a la Casa Madre y Noviciado. Es la primera vez que Teresa se separa definitivamente de la fa­milia.

Una nueva familia la esperaba en el Novi­ciado de Tarragona que se halla ubicado en la calle de los Descalzos. Teresa entra en la vida religiosa con un caudal de muy buenas prendas; apacible carácter, dulce, cariñosa; gran tranquidad temperamental que con la gracia de Dios se irá convirtiendo en serenidad de espíritu. Así irá afrontando cualquier situación. A esto se une un enorme espíritu de trabajo, de caridad, de en­trega a los demás y una voluntad decidida y va­liente. Más adentro, en su alma, se adivina un precioso cultivo de vida interior, de oración con­fiada y abierta a la acción del Señor, un acentua­do dominio de sí misma y un amor muy encendido a Jesús Sacramentado, a la infancia de Jesús y a la Santísima Virgen.

 

Novicia

El 12 de octubre, a seis meses de su ingreso, toma el hábito y le dan el nombre de «Hermana Teresa del Niño Jesús de Praga», que ostentará de por vida con el orgullo de auténtica Carmelita Misionera Teresiana.

En el reparto de oficios en el Noviciado, le con­fían el de «ropera». Ante sus Hermanas, y desde el principio, muestra su carácter jovial; cariñosa con todas, sin distinciones, nunca se la sorprende con mal humor o destemple. Y añade una son­risa angelical que le ensancha los labios y alegra los ojos; una sonrisa que todas las personas que la conocieron la recuerdan.

Durante el Noviciado, la Maestra prueba su virtud. Nunca se excusa. Y de cualquier supuesta falta acierta a pedir perdón con humildad: «Ya ven cómo corrijo a la Hermana Teresa, sin que ella tenga culpa, y cómo ella acepta la corrección. Tomen ejemplo».

Y, como respuesta, la Hermana Teresa contesta con una sonrisa siempre. Un día la Madre Maes­tra la increpa por ello: «Hermana Teresa, parece una simple, siempre riendo. Está visto; nunca servirá para nada». Teresa se humilla y pide perdón.

 

Profesa

El 13 de octubre de 1916, se consagra a Dios. Con ella profesan otras cuatro novicias. Escoge esta oportunidad para ofrecerse al Señor como víctima por un ser muy querido: su propio pa­dre. Teresa alcanzará a verle antes de morir com­pletamente transformado. Su ofrecimiento ha sido escuchado y aceptado.

Ninguno de su familia puede acudir a su pro­fesión, a la grande fiesta, pero el Señor le va a pedir otro sacrificio íntimo de renuncia y caridad. Como aquel día queda libre de visitas, la supe-riora piensa en ella para asistir por la noche a una enferma. Teresa lo acepta risueña y pasa toda la noche junto a la enferma de tifus. La en­ferma se llama Rosa. Así corona su oblación al Señor. Rosa, más tarde, recordará la caridad con que la cuidó aquella noche la Hermana Teresa y de cómo le habló de la confianza en Dios, hasta infundirle alegría. Como lo hará siempre con to­dos los que verá sufrir. Luego de ese día, siguió cuidando enfermos. Hasta que enferma ella.

En la primavera de 1917, subiendo por la es­calera hacia la terraza, donde se halla la comu­nidad en recreación, se siente herida en el cos­tado. Se trata de pulmonía doble. Tiene que guardar cama durante una temporada. Cuando ya convalece, acompañando a una Hermana, re­cae. Ahora declaran los médicos que es pleuritis. La recaída dura largo tiempo. Se le aplican boto­nes de fuego y no se le oye el menor quejido. El médico, asombrado, le dice: «Quéjese, Herma­na, que yo sé que le hago bastante daño». Respon­de la Hermana muy apacible: «No crea usted. No es nada».

En los cuidados que se le administran todo lo encuentra bien, cualquier atención le parece a ella que es excesivo. Cada mañana amanece la sonrisa en su rostro, sin que la tarde la pueda borrar. Las Hermanas comentan: «Es un ángel». Pasará unos días en Borjas del Campo (Tarra­gona) a donde la trasladan temporalmente, a fin de que el sol y el aire de la vega la alivien. Pero el doctor le ha recetado unas inyecciones. Cada inyección le resultaba un suplicio. «¿Le duele?» pregunta angustiada la Madre Antonia: «No su­fra, Madre, que no es nada», contesta sonriente la Hermana Teresa. Y el tormento se repite cada día, en cada inyección. Calla para poder ofrecer algo a Jesús, como lo manifestará años más tarde a su hermana Magdalena, en Novelda.

 

Con los párvulos en Alcalá

Llega setiembre de 1918 y es destinada a Alcalá de Chivert (Castellón) donde la Congregación regenta un colegio. La Madre General recomien­da que la cuiden.

La superiora le confía la sección de párvulos con tal que no admita muchos. Mas se presenta el problema: ella no sabe decir que no a las ma­mas y por fin alcanza a tener unos setenta. Todo es angosto. Un día contará a su hermana religio­sa: «Yo me sentía francamente feliz en medio de aquellos parvulitos. Algunos ni andar sabían. Suerte que el ángel de la guarda y el Niño Jesús de Praga me los guardaban».

Pasados dos meses tiene que marchar a No­velda porque su padre está bastante enfermo. Se encuentra en el Balneario de Salinetas a 3 km. de Novelda, donde había encontrado trabajo. El fruto espiritual de este viaje es grande. Su padre, al verla, cogiéndole la mano le dice: «Hija mía, Tereseta, ¡qué alegría más grande me has dado! Tu padre ha estado a las puertas de la muerte. Por poco no me ves, pero, hija mía, ya que Dios me concede más vida, yo procuraré ser mejor».

Teresa pide a su padre que al salir de casa res­tablecido, en acción de gracias, la primera visita sea a la iglesia, para confesar y comulgar, y de este modo comenzar una nueva vida. El señor Queremón lo promete y además está tan conten­to que concede a su otra hija, Magdalena, el per­miso para que se marche también religiosa. Pasa­dos unos días, confesó y comulgó en la iglesia de San Pedro de Novelda.

La Hermana Teresa vuelve a Alcalá de Chivert, donde vivirá seis años. Pasa la vida con sus pár­vulos. La clase está contigua a la capilla del co­legio. Con frecuencia abre la puerta y dice al Se­ñor. «Ves. Estoy aquí». La capilla es su refugio en los goces y en las penas. Allí se la ve en los ratos libres. Le gusta ayudar en la sacristía y ha­cer encajes para los purificadores.

En aquella capilla, el día 14 de octubre de 1921 pronuncia sus votos perpetuos ante el cura pá­rroco, don Vicente Roca, que es el confesor de la comunidad.

Resumiendo su vida espiritual en Alcalá, su gran virtud es una entrega generosa a todos: a los niños, a sus Hermanas religiosas y a la gente que trata todos los días. Siempre con gesto ama­ble, con sencillez, como quien no hace nada de especial. De sus labios jamás sale una murmu­ración ni una queja contra nadie. Toda miseria humana la cubre con el manto benigno del amor y de la comprensión. Esto no es sencillo, sino muy heroico en la práctica. El ejemplo de santa Teresita del Niño Jesús, a la que considera como verdadera hermana, le ayuda muchísimo. Su pre­sencia invisible siempre la acompañará y de ella hablará a todos.

 

En su querido San Jorge

Inesperadamente tiene que dejar Alcalá para trasladarse al colegio de San Jorge. Estamos a finales de setiembre de 1924, cuando la Hermana Teresa ha cumplido los 29 años. En Alcalá ha dejado un recuerdo indeleble.

San Jorge dista de Vinaroz, hacia la montaña, 13 km. En este tiempo es un pueblo muy dimi­nuto, con apenas una docena de calles, la iglesia parroquial, la plaza mayor y un cementerio a las afueras. Alrededor, tierra de labrar, con algarro­bos, olivos y viñedos. Doce años permanecerá en San Jorge.

Podemos calificar estos años como de purifica­ción en el crisol del sufrimiento, de abandono en Dios y de obediencia rendida a los superiores.

Cuando lleva seis años en San Jorge se siente enferma. Un médico diagnostica que puede ser tuberculosis. Ordena alimento, reposo y las pre­cauciones necesarias para evitar contagio. Cuan­do la visita su hermana Magdalena, sufre porque descubre que todo lo tiene aparte; Teresa la con­suela. «No quiero que sufras por eso. No vale la pena. Jesús lo quiere así; yo también». Hasta llega a quemar todos sus recuerdos más queridos.

Entra una nueva superiora en la comunidad y, como la enfermedad no aparece clara, piensa que todo es manía. Hay que arrancársela y lo mejor es no distinguirla en nada, darle trabajo, ocupar­la todo el día. ¡Pobre Teresa, convertida en una maniática!

Ella sigue sin perder la paz, abandonada en el Señor, obediente a todo lo que se le manda. Nada más lejos de ella que las manías, propias de es­píritus egoístas o desequilibrados, centrados en sí mismos. En lo único que no piensa jamás es en sí misma. Desde niña sólo piensa en los demás. Más tarde, ante su hermana, disculpará la acti­tud de la superiora con este juicio: «¡Pobre Ma­dre Superiora! No quería que yo estuviera enfer­ma». También le confesó que sufrió mucho.

Pero ¿qué tenía la Hermana Teresa? Después de todo esto, un médico de Reus diagnosticó que sufría una hemorragia interna en el estómago. Finalmente, llevada a Barcelona se descubrió que tenía estrechez de píloro, de suerte que parecía imposible que por allí pudiese pasar nada. Esto explicará las digestiones tan pesadas, que no le dejaban apenas dormir. El doctor le dio medica­ción apropiada y la Hermana Teresa se sintió muy aliviada. En la clínica de Barcelona dejó un rastro visible de amabilidad.

 

 

 

HERMANA TERESA DURANTE LA GUERRA

 

Estalló la guerra civil del 1936. Debido a las amenazas, las religiosas tienen que abandonar San Jorge. La Hermana Teresa, en medio de una gran tensión, prodiga serenidad, derrocha valen­tía, está dispuesta incluso a sufrir el martirio. En medio de una emocionante manifestación de madres con sus hijos, que desafían a los milicia­nos, se despide la Hermana Teresa de su querido San Jorge y acompañada de su hermana Magda­lena, se dirige en tren hacia Novelda, en busca de sus padres y hermanos. Uno de sus hermanos, Luis, ha venido a recogerlas.

Las dos hermanas van vestidas de seglar. Pron­to nuestra Teresa se coloca en la cabeza un pa­ñuelo oscuro que no abandonará en todo el tiem­po de la guerra. Ella sigue en estos momentos dueña de sí misma, llena de admirable serenidad, sabiendo acomodarse a cada circunstancia.

Después de ciertas peripecias en el viaje, bajan en Elda y de aquí en coche a Petrel y de Petrel a Salinetas, el Balneario, donde se encuentran sus padres. Era el 11 de agosto de 1936. Encuen­tro conmovedor. Magdalena pasa los primeros días llena de espanto. Teresa la anima: «No seas tontica. Abandónate en brazos de Jesús y de nues­tra Madre del Carmen y confía, que nada nos pasará». No pasará nada, era su habitual expre­sión de abandono en Dios.

Transcurridos unos quince días, doña Lola Ma-zeres, sobrina de las señoras Alted, se ofreció a tener en casa a la Hermana Teresa, en su domi­cilio de Novelda. Doña Lola quería mucho a Te­resa desde que la conoció en casa de las tías.

Doña Lola es una dama elegante, alta, delgada. Le gusta adornarse con finura. Los que la tratan, la admiran por su educación y cultura. Su casa está ubicada en la plaza del Maisonnave, n.° 26, frente al jardín del Casino. Ésta será la casa de la Hermana Teresa. En ella vivirá todo el tiempo de guerra.

Pronto se va a convertir la casa en una especie de capilla secreta, donde se va a rezar el rosario todos los días, a celebrar el mes de María, donde se va a reunir un grupo de religiosas refugiadas en sus familias de Novelda y contornos, donde se guarda con el mayor secreto el Santísimo. Aquello recordaba no poco el ambiente de la pri­mitiva Iglesia cristiana que se refugiaba en las Catacumbas y en casas particulares, especial­mente para celebrar la Eucaristía.

En este período de tres años sucedieron mu­chas cosas, numerosas anécdotas de miedo, de alegría, de esperanza. Teresa se encargó de la co­cina, de la limpieza y de las compras. Cuando viene Magdalena le ayuda en la cocina.

Allí, en casa de doña Lola, todo va ordenado. Todo a su hora, todo a su punto. Nada se debía alterar sin verdadera necesidad.

 

Apostolado ocasional

Teresa todas las mañanas sale a las compras, a enrolarse en las famosas colas. Tiene que ma­drugar mucho. Va tocada con su pañuelo oscuro, viste un traje también oscuro, amplio y largo, y de su brazo pende un capacito de esparto. Horas y horas en las colas. Allí ora, reza, da testimonio de paciencia, de dulzura, de caridad, porque es una ocasión para interesarse por los demás y con­solarlos. Algunas mujeres listas se le adelantan en la cola, y ella disimula; o le piden que las deje pasar con pretexto de eso o de lo otro. Teresa accede sonriente. Después explicará: «Ya que otra cosa no podemos hacer, demos buen ejem­plo, que de esto no nos pueden privar».

En un tiempo como el de una guerra civil, en que entran en juego incluso las ideas y los sen­timientos, en que los ánimos están extremada­mente enconados, es fácil dejarse arrastrar por el odio, la venganza, el resentimiento, el espíritu de bando. Teresa, cuando se trata de hacer favo­res, nunca hace distinciones. Para ella todos son hijos de Dios. Su norma es, repetida muchas ve­ces: «Hagamos el bien y no miremos a quien». Los católicos, decía: «Debemos dar ejemplo de amor y perdón». Verdaderamente es un ejemplo de paz, de perdón, de servicio a todos. Siempre disculpa. Siempre trata de disimular.

Doña Lola es buena, de carácter meticuloso, que se acentúa con la edad. Teresa sufre por esta parte. Pero se le complica la situación con la vuel­ta desde Madrid, de doña Luisa en la que tam­bién van parejos los años al temperamento enfermizo y achaque patológico. Ésta prefiere estar en Novelda y se instala con su hermana; pero Teresa aprovecha la situación acompañando a ambas con la paciencia y caridad que la caracte­riza.

Magdalena sufría interiormente. Teresa calla­ba humildemente. Magdalena le decía: «Pareces tonta, jclaro, como te callas! Mira como a mí no me las dicen». A lo que respondía Teresa en tono bromista: «Es que a ti, como eres tan formal, no se atreven».

Este proceder molestaba a doña Lola. Le re­prochaba: «Pero Teresa de mis pecados, usted se irá al cielo, pero yo me condenaré, porque no re­sisto esto». No eran cosas que perjudicasen a la señora; sólo que alteraban sus exigencias. Teresa hacía propósitos, pero cuando surgía la ocasión no sabía decir que no: «No puedo cambiar», decía a su hermana, «porque el Señor nos ha dejado con vida, no para que nos quedemos quietas, sino para que hagamos el bien a todos los que lo nece­siten, y mucho más a los que tienen que estar escondidos, faltos de cosas necesarias, sin posi­bilidad de adquirirlas». Toda una lección de cari­dad y de prudencia santa. Sus palabras muestran una convicción firme, fruto de la fe, no mera­mente una condición temperamental de bondad.

Doña Lola había hecho una promesa de no co­mer dulces. Un día, en la pastelería, regalan a Teresa una bandeja de pasteles por ser el cum­pleaños de la señora. Al verlos, doña Lola, poseí­da de un arrebato de cólera, agarra la bandeja y la arroja sobre la cara de Teresa, embadurnán­dola.

A los sacerdotes escondidos ayudó cuanto pu­do. Lo tenía que hacer a escondidas. En aquellos tiempos representaba un serio peligro.

 

¿Diaconisa?

La Eucaristía se guardaba en la parte alta de la casa, en un cuarto que había sido ropería. Te­resa, cuando asistía a una Eucaristía, se encar­gaba de traer las formas consagradas. Se guar­daban en un joyero. Junto al Santísimo ardía una lamparita noche y día. Allí comulgaban. ¡Cuánta fuerza saca la Hermana Teresa de la presencia eucarística de Cristo, del pan de los fuertes!

En esta época fue forjando su lema favorito: «Sufrir, cuanto más mejor». Y todo con amor, disimulando, con la sonrisa en los labios.

La Hermana Teresa duerme en una pequeña habitación situada en el piso alto. Cama de hie­rro, un colchoncillo pobre, difícil de mullir. Sobre la mesita se ve una novena de Santa Teresita, que ella reza antes de acostarse: «Oh san tita sin igual, enséñanos el camino de tu infancia espiritual».

Apenas puede dormir. Sigue con su enferme­dad del píloro, que le causa digestiones lentas y pesadas. Muestra un rostro demacrado y desco­lorido. Tendría que comer más y dejar ciertos alimentos. Pero ella no quiere hacer sufrir a doña Lola. Confía su secreto a su hermana Magdalena: «Seguiré pensando que, como por mi poca salud no puedo hacer grandes penitencias, quiero so­portar con alegre semblante la cruz de la enfer­medad que el Señor se ha dignado enviarme y de Él espero la gracia de poderla soportar».

Nunca se queja de sus males, ni los menciona. Hay que adivinárselos.

Aprovecha los largos ratos de insomnio para orar. En cierta ocasión manifiesta a su amiguita Ela — hoy religiosa adoratriz — que algunos días hace hasta cinco horas de oración.

 

 

 

DESPUÉS DE LA GUERRA

 

Por fin, llega el término de la guerra.

En casa de doña Lola las cosas van a cambiar mucho. Viene la separación de unos y otros. Mag­dalena es destinada de momento a la casa de Elche. Y Teresa se queda en el colegio de Novelda. Así puede atender a sus padres, ya ancia­nos, y a su hermano Rosendo. Dice a su hermana Magdalena: «no los vamos a dejar solos… tú no sufras».

Últimamente a la Hermana Teresa se la ve muy extenuada, hasta envejecida. A pesar de todo, al llegar al colegio se entrega a la limpieza de la casa. Durante la guerra ha sido casa de ancianos. Y, luego, a buscar muebles, pues no les ha que­dado nada en el colegio a las Hermanas.

Por este tiempo tuvo lugar una sencilla anéc­dota que revela algo del misterio del corazón de la Hermana Teresa. Los «nacionales» habían ins­talado un puesto de reparto de comida cerca de la casa de doña Lola. Un niño venía de allí, con un gran cucurucho de lentejas en las manos. Ca­mina alegre en dirección a su casa, donde le es­pera su madre enferma. Las ganas de llegar le empujan y dan celeridad a su paso, entrando en la calle Isidro Selles. El suelo es de gravilla. El niño cruza entonces la calle, resbala y cae de bru­ces, derramando todas las lentejas por la gra-villa: j Pobre niño! con la ilusión que llevaba sus lentejas. Comienza a llorar amargamente y en ese momento pasa la Hermana Teresa que, de inme­diato corre hacia el niño: «Anda, guapo, no llores, que eso no es nada. Vamos a recoger las lentejas entre los dos». No se sabe lo que pasó allí. Pero todo se resolvió en unos instantes. El niño reco­gió el cucurucho lleno de las lentejas y se marchó presuroso y cauteloso a su casa. Una señora, es­taba observando la escena tras los cristales del balcón de su casa. Baja expresamente al lugar de las lentejas y no encuentra ni una.

Cosas de estas, llenas de sencillez, tiene bas­tantes la Hermana Teresa. ¿Taumaturga? No, no hay nada de llamativo. Todo sencillo como lo de las lentejas. Pienso que todo es fruto de su ora­ción, de su unión con Dios. El espíritu del Señor está con ella. Y se cumple lo que prometió Jesús. «Todo lo que pidáis en la oración, creed que lo vais a recibir, y se cumplirá» (Me 11,24). Así de sencillo.

Durante unos meses la Hermana Teresa va ves­tida de seglar a todas partes. La gente la conoce y la adora. En setiembre pudo vestir de nuevo el hábito. Quizá no lo esperaba. Se lo enviaron des­de San Jorge donde se lo habían conservado in­tacto durante toda la guerra. Fue una delicadeza grande de aquellas gentes buenas que la amaban.

Se encarga de la portería del colegio. Escribe doña Lola a Hermana Magdalena: «No la dejan en sosiego». La gente la visita, le consulta sus problemas. Ella atiende a todo el mundo. Cuando sale de su casa, visita a las personas necesitadas, y a veces, a los amigos les abre la puerta de casa y les arroja un manojito de jazmín envuelto en un pámpano fresco.

Su padre ha practicado ejercicios espirituales y ha salido transformado. Ha dado un cambio total. La Hermana Teresa ha sido escuchada. Ha ido cumpliendo sus metas en la tierra. Escribe a su hermana Magdalena el 15 de noviembre de 1939: «¿Tienes deseos de ir al cielo a ver el Es­poso Divino? Yo tengo muchos y confío ir pri­mero que tú». La letra es de doña Lola. Teresa no puede ya escribir, se lo dicta.

 

 

 

ULTIMA ENFERMEDAD Y SANTA MUERTE

 

Desde fines de mayo de 1940 la Hermana Te­resa ha empeorado. Vómitos de sangre. Viático. Es instalada en una habitación amplia, lindante a la escalerilla del coro, llena de luz que entra por el balcón.

Su hermana Magdalena no pudiendo viajar des­de Tarragona, ansia una carta de la Hermana Teresa. Ésta, aprovechando unos papeles que ya tenía escritos los cose con hilo blanco y se los manda.

Es como su testamento espiritual:

«Mi querida Hermana: Me parece muy bien to­do lo que me dices en la tuya; pues permanezca­mos las dos juntitas a los pies de Jesús, y no temas, que Él cuidará de nosotras. Por mí no su­fras, que el buen Jesús endulza mucho mi enfer­medad. ¡Como me ve tan pequeña, hermanita mía! V. C. sea pequeñita y no tema.

Cuando me muera, no quiero que llore, acor­dándose que desde el cielo, aún la querré más y que dentro de poco tiempo todos estaremos allí en el cielo, para siempre, para siempre. No se olvide que todo lo de este mundo no vale ni tan sólo una mirada, y mucho menos un sufrimiento. Bueno, porque ya no puedo más. Respecto a mi salud le digo que no me encuentro mejor; cada día el buen Jesús va dando un golpecito más; bendito sea. No sé cuando será el último, para siempre, para siempre. Aunque lo que espero no esperara, lo mismo que le quiero le quisiera.

Su Hermana, que no la olvida en los dulcísi­mos Corazones de Jesús y de María.

H.T.»

La carta está escrita a lápiz. Es un escrito ma­duro, fruto de una profunda experiencia y en el crisol del sufrimiento. Por eso es denso, sin ro­deos ni divagaciones. Ahí se ve a la Hermana Te­resa toda entera en la hora de la verdad «no se olvide de que todo lo de este mundo no vale ni tan solo una mirada, y mucho menos un sufri­miento». Siempre ha sido la misma: por una par­te «ya no puedo más» indicando su desfalleci­miento corporal; por otra, «el buen Jesús va dan­do un golpecito más; bendito sea», es decir: su total abandono en Dios, que hasta ahora le hacía exclamar que todo estaba bien, que no pasaba nada.

«Para siempre, para siempre». Lo repite cuatro veces. Es la frase de Santa Teresa que ella ha hecho propia, viva expresión de su intensa espe­ranza.

Hacia principios de noviembre vuelven los vó­mitos y se pone gravísima. El médico, don Enri­que Sala, que la atiende, diagnostica que tiene los pulmones completamente deshechos. Don En­rique la admira. No teme colocar entre sus brazos a su pequeña hija, de unos meses, que consi­dera fruto de la intercesión de la Hermana Tere­sa. Lo mismo hace su buena amiga Fuensanta con su hijo Vicente Jesús, fruto también de sus ora­ciones.

La enfermedad avanza. Después de un fuerte mareo y crisis que la deja como muerta comenta: «¡Qué diferente se ve la vida en esos momentos. Te entran unas ganas de sufrir, y cuanto más, me­jor. Comprendí que eso es lo que más valor tiene: sufrir por Dios».

Los tres días postreros de su vida son de su­premo martirio. Su Getsemaní y su cruz. Tres días como las tres últimas horas de Jesús en el Gólgota.

Va apurando lentamente, hora tras hora, día tras noche, toda la copa del cáliz que Cristo be­bió (Cfr. Mt. 20, 22). Entre tormentos en cada parte de su extenuado cuerpo y angustias en su alma anochecida, llega la tarde del 25 de febrero, martes de carnaval, día de desagravios. La Her­mana Teresa arriba ya al puerto deseado.

A las 11 de la noche comienza a sosegarse. Ha pasado la tormenta. Parece que rompe la luz de la aurora eternal. Teresa, con suspiro de amor en su corazón, llamando al Esposo deseado, prolon­ga su oración hasta la una de la madrugada del 26 de febrero de 1941. Es miércoles de Ceniza, y plácidamente, como un ángel, expira.

El entierro es un triunfo. Muchas violetas a sus pies, muchas muestras de veneración, gratitud y amor.

Hoy sus restos reposan, después de un solem­nísimo traslado a la capilla del colegio, con sus Hermanas las Carmelitas Misioneras Teresianas de Novelda.

Su sepulcro huele a jazmín, su flor predilecta, la que ella arrojaba en manojitos envueltos en pámpanos de vid en la entrada de las casas ami­gas, como señal de amistad. Huele a jazmín de paraíso.

 

 

 

MENSAJE

Dios elige a algunos que, habiendo seguido más estrechamente el ejemplo de Cristo por medio del ejercicio de las virtudes evangélicas nos dan un testimonio preclaro de trascendencia, del Reino de los cielos.

Si contemplamos a la Sierva de Dios, Hermana Teresa Mira, no podremos ocultar que nos ani­ma, con cierta fuerza interior, a su imitación. Es un ejemplo de sencillez. Sencilla, sin letras; la mayoría de sus cartas las tiene que dictar, y lo poco que escribe, sin pretensiones. Tiene un men­saje sublime para los hombres de hoy.

Dios, en su sabiduría y en sus designios, quiere manifestarnos esta sabiduría infinita a través de lo humilde, de lo que no cuenta ante los hom­bres: Dios escogió las cosas necias de este mundo para confundir a los sabios; escogió lo enfermo para confundir a los fuertes; lo servil y despre­ciable y lo que no representa nada para destruir aquello que brilla, con el fin de que ninguna car­ne se gloríe ante su presencia (1 Cor 1, 27-28).

Todo lo que se encuentra en la vida de la Her­mana Teresa es ordinario, corriente, humilde. En su historia no hay cargos, ni carreras, ni se le encomiendan misiones especiales. Antes de ser religiosa, su trabajo es cuidar de sus hermanitos y de otros niños, ayudar a su madre, servir a unas señoras. Al ser Carmelita Misionera Teresiana: atención solícita a sus párvulos, estar enferma, volver a servir, hacer la cocina, la limpieza de la casa, enrolarse en las colas del pan, de la leche, de la carne, etc., atender en la portería, volver a estar enferma… Todo sencillo, humilde. Y todo embellecido por su pureza, por su amor, por su amabilidad y sonrisa, por su comprensión.

Ha sufrido, pero lo ha llevado de manera, que también esto resulta sencillo, sin visos de heroi­cidad. Y, aquí reside la heroicidad de su alma, en mantener la sencillez en los actos difíciles y muy dolorosos de la vida.

Teresa nos enseña a vivir muy cerca de Dios, a llevar su presencia, a contar siempre con Él, a desterrar la autosuficiencia.

Nos ha enseñado a servir a los demás, sin preo­cuparse de sí misma, a darse con generosidad al hermano necesitado, sin mirar su condición so­cial o política. Ella siempre que pudo, hizo bien a todos, sin distinción de color o de bando. Nun­ca tuvo rencor, siempre disculpó.

La Iglesia necesita aires limpios, de reconcilia­ción, de respeto, de amor cristiano que supera toda filosofía (cfr. Ef 3,19), que todo lo sufre, lo suaviza (cfr. 1 Cor 13,17); necesita mantener incólume la verdad junto con una inmensa com­prensión hacia todos:

¡Teresa! Tú que has pasado por este mundo contaminado por el vicio y permaneciste pura y limpia, haz que el perfume de tus jazmines re­nueve nuestros ambientes.

 

 

 

ÍNDICE

 

EN ALGUEÑA

Primera comunión

En Horna la Baja

¿Novio?

En Novelda

Confirmación

Maestra de oración

TERESA CARMELITA

Novicia

Profesa

Con los párvulos en Alcalá

En su querido San Jorge

HERMANA TERESA DURANTE LA GUERRA

Apostolado ocasional

¿Diaconisa?

DESPUÉS DE LA GUERRA

ULTIMA ENFERMEDAD Y SANTA MUERTE

MENSAJE

Beatos mártires Terciarios Carmelitas

de la Enseñanza

Fundados por el Beato P. Francisco Palau y Quer

Giribets
Beato Isidro Tarsá Giribets

Nació el 3 de febrero del año 1866 en Fontanet (Lleida), siendo bautizado al día siguiente. Le impusieron el nombre de Isidro José Miguel. En el mes de febrero del año 1886, con veinte años de edad ingresó en Tarragona en el Instituto de Hermanos Carmelitas de la Enseñanza y en el 1888, cuando realizó su profesión religiosa, fue destinado a Vendrell, ejerciendo su trabajo docente con total dedicación y eficacia.
Cuando el director del colegio murió en el año 1894, asumió la dirección del mismo. Como en El Vendrell vivían muchos emigrantes que no podían acudir de día a clase, solicitó y obtuvo la autorización para abrir una clase nocturna y gratuita para los obreros adultos que querían mejorar su formación, labor que realizó en colaboración con la parroquia de la localidad. En el año 1895 fue destinado a Tarragona, en cuyo colegio siguió con su trabajo docente, siendo al mismo tiempo, superior de la Congregación y director del colegio. El mismo impulso que había dado al colegio de Vendrell, se lo dio al colegio tarraconense. En este colegio estuvo trabajando hasta el día de su muerte.

Cuando en el mes de julio de 1936 estalló la Guerra Civil, el día 25 fue apresado junto con otros religiosos que estaban escondidos en la casa paterna del Hermano Buenaventura Toldrà. Fueron llevados a la cárcel de Pilatos – que era la residencia de los milicianos – y desde allí trasladados al barco Río Segre, que era usado como prisión y que estaba fondeado en el puerto de Tarragona. Allí sufrieron malos tratos, viviendo hacinados por espacio de cuatro meses, en una de las bodegas del barco. Allí rezaban comunitariamente, dedicándose a consolar y a animar a los detenidos que más lo necesitaban.

El día 10 de noviembre, el comandante del barco bajó a la bodega buscando a los sacerdotes, a todos los que tuvieran tonsura. Aunque ellos no fueron incluidos en la lista, después de haber confesado y de común acuerdo, se presentaron ante el comandante diciendo: “Nosotros † somos † carmelitas”. Inmediatamente fueron trasladados a la cubierta del barco mientras iban rezando el salmo “Miserere”. Todos fueron fusilados, junto con otros religiosos, en las tapias del cementerio de Torredembarra, mientras gritaban: “Viva † Cristo Rey”. Los cadáveres de los mártires fueron sepultados en una fosa común en el mismo cementerio.

Finalizada la guerra, los Carmelitas Descalzos trasladaron sus restos, junto con los de otros carmelitas también fusilados – y que también han sido beatificados , depositándolos en el coro de la iglesia del Carmen en Tarragona, a excepción del Beato Buenaventura Toldrà, que por expreso deseo de su familia, fue sepultado en un nicho de los Hermanos Carmelitas, cerca de otro nicho que custodiaba los restos del Padre Francisco Palau Quer, fundador del Instituto.

Rodon
Beato Buenaventura Toldrà Rodón

Había nacido en Pla de Cabra (Tarragona), hoy Pla de Santa María, el día 31 de marzo del año 1896, siendo bautizado el mismo día de su nacimiento con los nombres de Buenaventura Andrés Raimundo. A finales de verano del año 1907 ingresó en el seminario de Tarragona, donde permaneció durante ocho años, pero del que tuvo que salir dado su delicado estado de salud. Pero como él quería ser religioso a toda costa, ingresó en el Instituto de Hermanos Carmelitas de la Enseñanza en el mes de julio de 1915, con Beato Isidro Tarsà Giribets. diecinueve años de edad. El día primero del año 1917 hizo su profesión religiosa, permaneciendo durante un año en la casa general del Instituto.
Posteriormente, fue trasladado al colegio de Vendrell donde estuvo hasta el año 1921, regresando a Tarragona donde continuó su labor de profesor. Fue hombre de confianza del Hermano Goatas – que era el decano de los Terciarios Carmelitas, un hombre leal y fiel al Instituto, como lo demuestra el hecho de que con sólo veintiocho años de edad, fue encargado de conservar el patrimonio del mismo.

Estaba en Tarragona cuando estalló la Guerra Civil y el día 21, junto con otros tres compañeros de su Congregación, se refugió en la casa que sus padres tenían en la calle de Nuestra Señora del Claustro. El día 25 se presentó un pelotón de la FAI buscando a un hermano suyo que era sacerdote, y al confesar los cuatro que ellos eran religiosos, fueron detenidos. Al despedirse de su madre, le dijo:
“Madre¨ † todo † esto † sea † por † amor † a † nuestro  Señor † Si † ya † no † nos † vemos † aquí ¨ † nos † veremos † en † el † cielo”. Como el resto de sus compañeros, estuvo encarcelado cuatro meses en el barcoprisión Río Segre, siendo fusilado también el mismo día junto a las tapias del cementerio de Torredembarra.
Actualmente está sepultado en la iglesiasantuario Monte Carmelo junto al sarcófago que contiene los restos del Beato Francisco Palau, fundador del Instituto.

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Beato Julio Alameda Camarero

Había nacido en Castroceniza (Burgos), el día 28 de mayo del año 1911, siendo hijo de padres labradores. Fue bautizado dos días más tarde. El 30 de junio de 1923 recibió el sacramento de la Confirmación y tres años más tarde, en abril de 1926, ingresó en el noviciado de Tarragona, siendo acompañado por el párroco de Covarrubias. Hizo su profesión religiosa en el año 1928. En Tarragona ejerció su ministerio apostólico.

El 21 de julio de 1936, junto con los demás miembros de su comunidad – menos el superior general Cosme Ocerín, que estaba muy enfermo – se refugió en la casa de los padres del Hermano Buenaventura, siendo apresados – como ya hemos relatado – el día 25 y encarcelados en el barco prisión Río Segre, del que saldría para ser fusilado. Durante su encarcelamiento, sentía especial consuelo y fortaleza en el rezo diario del santo rosario.
Cuando el comandante del barco bajó a la bodega del mismo buscando a los que tenían tonsura, aunque pudo librarse, dijo: “Soy † religioso † ante † Dios † y † ante † los † hombres”. Aunque esta confesión fue la confirmación de su sentencia de muerte, uno de los milicianos, que era amigo de los Carmelitas, consiguió que no los incluyeran en la lista de los que iban a ser fusilados. Al darse cuenta los cuatro religiosos que no estaban incluidos en esa lista, de común acuerdo dijeron:
“Nosotros † somos † carmelitas”, por lo que fueron incluidos en la fila de Fotografía del Beato Julio Alameda Camarero. sentenciados. Junto con sus hermanos de religión y otras veinte personas más, fue fusilado en las tapias del cementerio de Torredembarra. Actualmente está sepultado en el coro de la Iglesia del Carmen de Tarragona.

Oliva
Beato Luís Domingo Oliva

Era natural de Reus (Tarragona), donde nació el 11 de enero del año 1892, siendo hijo de dos labradores avanzados en edad. Al ser bautizado se le impusieron los nombres de Luís Salvador Antonio. Con catorce años de edad, en 1906, ingresó como postulante en el Instituto de Hermanos Carmelitas de la Enseñanza, llegando a ser profesor auxiliar con solo dieciocho años de edad, en el año 1910.
Participó como delegado en el Capítulo General de Tarragona celebrado el 25 de septiembre del 1920, lo que quiere decir que su profesión religiosa la realizó antes de 1910, ya que las Constituciones del Instituto exigían un mínimo de profesión de diez años para poder ser miembro del Capítulo.
Siempre permaneció en el colegio de Tarragona a excepción de un breve período de tiempo que lo pasó en Vendrell. Destacó por sus eficientes métodos pedagógicos, por su austeridad de vida y por las buenas relaciones que mantenía con los frailes Carmelitas Descalzos.
Tenía cuarenta y cuatro años de edad cuando fue apresado junto con sus compañeros y encarcelado durante cuatro meses en el barco Río Segre, del que salió para ser fusilado el Ilustración del Beato Luís Domingo Oliva. día 11 de septiembre en las tapias del cementerio de Torredembarra. El 14 de noviembre de 1941, sus restos fueron trasladados a la iglesia de los Carmelitas Descalzos de Tarragona, donde permanecen.

En la actualidad, este Instituto Religioso al que pertenecieron estos cuatro beatos mártires no existe. El último Hermano Carmelita de la Enseñanza fue el hermano Francisco Navarro Bonilla, superviviente de la masacre de 1936. Aunque no fue asesinado, sí fue encarcelado y torturado, aunque gracias a la intercesión de sus padrinos de profesión religiosa, fue finalmente liberado. Sus graves heridas hicieron que estuviera ingresado en el Hospital de San Pablo y Santa Tecla hasta finales de 1939. Terminada la guerra y recuperada su salud, puso todo su empeño en reconstruir el Instituto, pero todo resultó inútil debido a “determinados † intereses † eclesiásticos”. En 1945, el hermano Francisco reclamaba los derechos de su Instituto ante el arzobispado tarraconense e incluso ante la Santa Sede, pero de nada le sirvió. Sólo consiguió el derecho a poder trasladar los restos mortales del Beato Francisco Palau – fundador del Instituto – desde el cementerio hasta la casa madre de las Carmelitas Misioneras Teresianas, fundadas también por el Padre Palau.

Con sesenta y dos años de edad y extenuado por tanta lucha, el hermano Francisco ingresó como Carmelita Descalzo, emitiendo sus votos perpetuos como tal, el 8 de febrero de 1954. Murió en Barcelona el 26 de enero de 1959.

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Hermanas Carmelitas Misioneras Teresianas

(extracto de artículo de Hna. josefa Pastor, cmt)
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Rosa Palau y Quer
de Santa Teresa de Jesús

Aitona 1802 – Riudecols 1887

Hermana de Francisco Palau y Quer. Casada con Ramón Benet en 1824, se llevó con ella a Lleida a su hermano Francisco y se preocupó de sus estudios y vocación. Quedó viuda -al parecer en 1865- e ingresó en la Congregación fundada por su hermano en la que ya estaba su hija Carmen Benet Palau.

Estuvo en distintas comunidades, entre ellas, Santa Cruz en Barcelona, dónde se entregó plenamente al servicio de los enfermos y de las consideradas “posesas”. En 1870, Rosa fue encarcelada con los 39 habitantes de Els Penitents, acusados de practicar ilegalmente la medicina y de prácticas extrañas. “El Ermitaño” nos da bastantes noticias de los sufrimientos pasados y de las súplicas del padre Palau a favor de la que llama su “anciana hermana”.

Se mostró siempre fiel al padre Juan Nogués, a sus sucesores y a sus superioras legítimas. Se caracterizó por su austeridad de vida, estilo que tenían en común con el padre Palau, su hija Carmen y su hermano Juan Palau.

Carmen Benet Palau
de la Asunción

Lleida 1842 – La Riera 1915

Es uno de los grandes exponentes de la Congregación en su vida de discreción y fidelidad, de desprendimiento y amor a la Congregación, de humildad y honestidad, de ejemplo de saber desaparecer sin hacerlo notar y sin reclamar nada. Obediencia y valentía se aúnan en Carmen que siendo de la primera generación, maestra, inteligente, sobrina directa del fundador, nunca mostró aspiraciones de cargos ni la vemos tomar partido en las luchas y conflictos que una y otra vez azotaron a la Congregación. Poseía dotes organizadoras y don de gentes, que el fundador captó y aprovechó. Bajo su gobierno la comunidad de Aitona fue modélica y semillero de vocaciones.

Se mostró, como lo hizo Juan Palau, persona de unidad, honesta en su actuación, respetuosa con los separados, aceptando el discurrir de los hechos con un silencio elocuente y con una obediencia a los legítimos superiores, que era palabra clara y respuesta fiel al fundador.

Antolina Fuster
L. del Pilar

Huesca- 1869 – Argentina 1938

De raíces muy palautianas, su primer destino fue Aitona, dónde bebió en directo de las gentes que conocieron, trataron y quisieron al padre Palau

Antolina partió en la primera expedición de hijas del padre Palau a América en 1896. Es crónica historiada y conocida la fundación en Goya (Corrientes), que supuso “aventura evangélica”, “audacia palautiana”, “riesgo profético frente a la autoridad” (por ser Congregación de derecho diocesano), “conciencia de vocación misionera, que avanza fronteras.

Antolina, ya en 1896 escribió una biografía del fundador, que amplió en 1902 (año en que se hizo un traslado de los restos de fundador en Tarragona). Quería que las primeras generaciones conocieran al fundador, sus raíces carmelitanas y teresianas. Fue mujer inteligente, de unidad, de c1ara conciencia de su vocación en medio de conflictos, que no la torcieron de su verdad.

Teresa Font Cabacés
de la Asunción

Aitona 1852 – Lleida 1938

Formó parte del florecimiento vocacional suscitado a raíz de la fundación de la comunidad de Aitona bajo la dirección de Carmen Benet. Desde muy joven conoció al fundador y destacó como persona inteligente e influyente.

Durante su gobierno, la Congregación pasó de la docena de casas a la cincuentena. Las hermanas gozaban de una bien merecida fama de santa entrega, siendo muy consideradas por su espíritu de servicio, sencillez, sacrificio y austeridad de vida con rasgos cIaros de pobreza evangélica, tanto en estilo de vivir como en el modo de ejercer sus actividades apostólicas. Este sello lo imprimió Teresa Font como espiritualidad palautiana.

A Teresa Font se deben los siguientes grandes logros congregacionales:

  • El hito de romper fronteras y darle contenido a la vocación eclesial palautiana con la aventura misionera en Argentina, 1896.
  • Aprobación pontificia de la Congregación, 1902.
  • Anteproyectos de Constituciones, 1902-1904.
  • Esfuerzos e iniciativas (“secretas”) para conseguir la agregación oficial a la Orden OCD y conocer los reglamentos propios para terciarios carmelitas, 1905-1906 .

Aprobación de las nuevas Constituciones, 1906.

C.M.T.
Nuestros Lugares
Es tiempo de Caminar

(Autor, música y voz: Diego Marquez – profesor del colegio de Arguello)

C.M.T.
Ven y Verás
C.M.T.
Recursos
Momentos Orantes

Soñando la fraternidad

El legado de Palau

Todos Somos uno en Cristo

www.carmelopalautiano.org

Retiros – Convivencias

Cuentos Infantiles

Jóvenes - Los Obstáculos en el camino

Retiros Palautianos para adultos

Canciones
Maestro Francisco Palau

(Autor y música: Pedro Blanco; voz: Cristina Reyes)

Carmelo Misionero

(Autor y música: Pedro Blanco; voz: Cristina Reyes)

Corazón Misionero

(carnavalito: letra, Raul Goitea; música: Jose Verón. Intérpretes: profesores del colegio del Carmen de Catamarca)

Misión del amor

(Autor y música: Pedro Blanco; voz: Cristina Reyes)

Lindo mi barrio

(Autor y música: Pedro Blanco; voz: Cristina Reyes)

Madrecita del Carmen

(Letra y música: Carmelo de San Nicolas. Intérprete: Carmelitas Descalzas de la Asociación  Ntra Sra de Luján)

Corrientes canta a Francisco Palau

(Autor y música: Pedro Blanco; voz: Cristina Reyes)

Allá en el Vedrá

(Autor y música: Pedro Blanco; voz: Cristina Reyes)

Un viento de dudas

(chacarera letra: Guillermo Bordón; música: Jose Verón. Intérpretes: profesores del colegio del Carmen de Catamarca)

Reflexiones
C.M.T.
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